L’alqueria

L’alqueria, 1978

Ficha técnica

Título
L’alqueria
Año
1978
Autor
Michavila Asensi / Joaquín
Medidas
170 × 170 cm
Material
Acrílico sobre tela
Serie
Siglo XX: arte contemporáneo valenciano

Hacia finales de los setenta, Joaquín Michavila necesitaba replantear su poética pictórica. De hecho, durante casi dos décadas (1960-1978) había hecho propio y consolidado su lenguaje constructivista, cuidado y perfeccionista, calculado y normativo. En realidad, en esa etapa había logrado un especial reconocimiento en la intrahistoria del arte valenciano del momento. Quizá debido a los reajustes y las transformaciones estéticas de la transición, y a la emergencia de valores jóvenes que apuntaban hacia otras opciones estilísticas, Michavila decide dar un golpe de timón a su trayectoria. Procedente de la abstracción constructivista, reajusta su quehacer en torno al paisaje, pero a través de un lenguaje cargado de informalidad y gestualismo, de espontaneidad y abocetamientos vivaces. Durante algo más de una década (1978-1990) se entregó febrilmente al nuevo recurso pictórico, centrado en dos series: El llac y El riu.

A la primera de ellas pertenece la obra estudiada. La Albufera valenciana se convierte así en el leitmotiv de sus representaciones, ejecutadas con trazos sueltos y rápidos, sobre un horizonte alto en la composición que le permite potenciar la tranquila superficie del agua remansada frente a los volúmenes de las alquerías; de hecho, son estos los que centran la atención figurativa, sorprendidos por lo común en los filtrados juegos lumínicos del atardecer. Es, sin duda, una manera diferente de interpretar los paisajes del lago o del río, siempre en contrastadas interacciones entre cielo, agua y segmentos de tierra, y en construcciones propias del emblemático lugar. Una lectura intimista y personal se puso en marcha: había descubierto su propio código emergente y diferenciado, a la vez, otra etapa fundamental en su actividad pictórica.

La serie El llac se convierte en el otro pendant estilístico del itinerario estético de Joaquín Michavila junto con su anterior constructivismo. Conviene hacer hincapié en el punto de partida observacional y empírico de la nueva etapa. La percepción reiterada y directa de la Albufera en sus atardeceres y especialmente su obsesión por captar los reflejos de las aguas en las diferentes situaciones medioambientales lo llevan a ejercitarse en pequeños cartones y a elaborar dibujos y ceras de controlada coloración y viva gestualidad, y a plantear un diálogo, en cuanto a masas, trazos y angulaciones reiteradas, entre verticalidad y horizontalidad.

Formalmente, sus raíces pedagógicas acaban por hacerle descubrir y dictarle un código de representación básico que, de la inicial percepción imaginativa, pasa de manera definitiva a la memoria consistente. De hecho, Michavila pinta ya claramente sus trabajos de memoria. Y el protagonismo, más que el agua o el cielo —que ocupan la mayoría del espacio de la representación, colgados en torno a la elevada línea del horizonte—, lo acaban por asumir las franjas habitadas/trabajadas de la tierra, que se reflejan sobre la extensión líquida, haciendo las delicias gestuales de la recuperada abstracción informal como palanca de identificación estética del nuevo lenguaje plástico de Joaquín Michavila.

Hay que admitir, sin duda, que los códigos de representación actualizados y fijados en la serie El llac se han convertido en una estrategia paradigmática de reconocimiento iconográfico indiscutible en nuestra cultura artística contemporánea. Podemos reconocer a la legua, por ejemplo, el lenguaje de Lozano en sus arenales de playa, las estrategias pictóricas de los pasos a nivel de Juan Bautista Porcar y también, claro está, las inconfundibles albuferas de Joaquín Michavila, lo cual implica que ha sabido elaborar, en sus efectivas reflexiones por variar de poética, una estrategia iconográfica exitosa, reconocida y aceptada en el contexto de la plástica valenciana
contemporánea.

La obra catalogada es representativa, por tanto, de esa facilidad compositiva que potencia los arrastres del reflejo de los volúmenes forestales o arquitectónicos sobre las aguas del lago o las orillas de los ríos, con la duplicación de sus manchas contrastadas y sus cromatismos austeros, con preponderancia de blancos y negros sobre las gamas seleccionadas en cada caso, para contrastar celajes de atardeceres y ambiguas opacidades líquidas.

Otras obras de la colección

Paisaje con figuras sentadas
Paisaje con figuras sentadas
Sánchez García / Pedro (Pedro de València), Siglo XX: arte contemporáneo valenciano
Sal
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Sevilla Portillo / Soledad, Siglo XX: arte contemporáneo valenciano
Paisaje del Saler
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Lozano Sanchis / Francisco, Siglo XX: arte contemporáneo valenciano
Infanta Margarita II
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Valdés / Manolo, Siglo XX: arte contemporáneo valenciano