Consejo de guerra 1808

Consejo de guerra 1808, 1902

Ficha técnica

Título
Consejo de guerra 1808
Año
1902
Autor
Domingo Marqués / Francisco
Medidas
30,5 × 40,5 cm
Clase
Pintura
Material
Acrílico sobre tela
Soporte
Tela
Serie
Arte de Entresiglos XIX-XX

Francisco Domingo Marqués (1842-1920) fue considerado por Mariano Benlliure el artista que marcó el renacimiento de la escuela valenciana de pintura, y desde una amplia perspectiva histórica actualmente podemos confirmar esa valoración. Después de su aprendizaje en la Academia de San Carlos de València, obtuvo una pensión de la Diputación para estudiar en Roma; a su regreso, impartió clases en la Escuela de Bellas Artes durante un breve y decepcionante periodo. Pese a ello, fue reconocido en su tierra desde muy joven como un artista de extraordinario interés, y sin duda actuó como epicentro artístico: creó una red de pintores amigos, discípulos y admiradores compuesta por Juan Peyró, José Benlliure, Ignacio Pinazo, Antonio Muñoz Degrain, Emilio Sala o Joaquín Sorolla. Su salto a Madrid fue impulsado por el éxito obtenido en la Exposición Nacional de 1871. Sin embargo, la excelente recepción que sus obras tuvieron en la capital no se correspondió con un mercado lo suficientemente sólido como para permitirle cierta estabilidad económica en una coyuntura de crisis generalizada. En 1875 se instaló en París, ciudad donde asentaría su enorme fama internacional y conocería unas décadas durante las cuales sus cuadros se comercializarían fácilmente por medio de prestigiosos marchantes que distribuían obras de gran calidad técnica asimilables al gusto ecléctico imperante. Fue durante casi todo el último cuarto del siglo XIX un pintor versátil para satisfacer las demandas del mercado europeo mediante retratos y cuadros de género, muchos de ellos ambientados en un pasado  novelesco. No en vano fue calificado por Mariano Fortuny como el Meissonnier español.

Pero el cambio de gusto de la clientela artística hacia la pintura derivada del impresionismo fue limitando la aceptación comercial de la obra de Domingo en Europa, por lo que el artista comenzó a establecer contacto con América, aunque este mercado emergente no pudo devolverle el lugar de preeminencia del que había gozado durante las décadas de 1870 y 1880. Fue en torno al cambio de siglo cuando Domingo experimentó la necesidad de adaptarse a una nueva situación profesional: Consejo de guerra de 1808 indica una de las vías que exploró en esta fase de reajuste en su madurez como pintor. En efecto, la obra descansa sobre una temática ubicada en el pasado, pero la concepción desde la cual aborda su creación es muy diferente de la pintura de casacón o las escenas costumbristas a las que Domingo tenía acostumbrada a su clientela. En el lienzo, de tamaño muy modesto, se desentiende radicalmente de la minuciosa factura preciosista y da rienda suelta a su, en palabras de Lafuente Ferrari, «veta brava». El propio historiador detectó la evidente influencia de Eugenio Lucas en esta obra, con ese toque abocetado, de empaste casi rabioso, y propuso que elauténtico interés de Consejo de guerra 1808 residía en el estudio de la luz.

Tampoco puede pasarse por alto la obsesión de Domingo por el universo plástico de Goya, pues son evidentes las analogías entre esta obra y la goyesca Junta de Filipinas, tanto en la idea de la composición como en lo relativo a la atmósfera interior y el tratamiento de la luz. Rosenblum y Janson comentaron lo que esta escena presidida por Fernando VII supuso de crítica al poder por la presentación casi fantasmal de los aburridos personajes. Pero Domingo, como apreció A. G. Temple, «preservó claramente su individualidad»: convirtió a los protagonistas en figuras más activas y pintorescas, tradujo el gran formato de la obra de Goya a reducidas dimensiones, y, a la visión central de la caja espacial del cuadro de Goya, opuso una perspectiva diagonal que dota al Consejo de guerra 1808 de mayor dinamismo. Eludió también buena parte de los convencionalismos del género de la pintura de historia y, pese a lo trágico de la situación, abordó la escena de los inicios de la guerra de la Independencia desde estrategias más simbólicas que teatrales. Civiles y militares sublevados esperan el terrible veredicto del tribunal bajo la vigilancia del soldado francés, pero no vemos muchos de sus rostros ni se nos describen sus emociones. Por el contrario, unos vistos de espaldas y otros con gestos imposibles de adivinar forman un círculo casi cerrado que deja en el centro el auténtico clímax emocional del cuadro: el abismo del espacio vacío bañado por la luz, imagen del aparente sinsentido del momento concreto, que debe ser iluminado mediante la comprensión histórica del contexto general.

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